ODA A LA MODA DE MODA

Todo lo narrado a continuación es rigurosamente cierto.

Después de esta mentira, paso a poneros en situación. Hace mucho tiempo tenía una existencia muy distinta a la que llevo ahora. Vivía de forma gratuíta en un frenopático, donde tenía cama y comida garantizadas, a cambio tan sólo de apuñalar en las duchas a los pacientes más violentos de síndrome de down. El caso es que llevaba muchos años viviendo en ese lugar, desde mi más tierna infancia, así que cuando el director de la institución me llamó a su despacho y me hizo saber que no podía quedarme más con ellos por una cuestión de espacio, rompí a llorar como un desesperado. El director, conmovido, me palmeó la espalda y me hizo saber que haría todo lo que estuviera en su mano para mantenerme lejos de él y de su casa de locos. ¿Por qué me dice eso?, quise saber. Largo, hijueputa, me contestó.

Así que me vi en la calle, solo y con lo puesto, en un mundo que me era totalmente ajeno y que no podía comprender. Veía a las personas cruzarse unas con otras y no arrancarse la mandíbula de un puñetazo; las mujeres paseaban en libertad, sin ningún hombre que las supervisase o vigilase, y no eran violadas, ni tan siquiera por los inmigrantes. Definitivamente, esta sociedad era lo más parecido a otra dimensión para mí.

Pero, por todos es sabido que el hombre es un animal capaz de adaptarse, así que no tardé en encontrar una forma de salir adelante. Le robé la pistola cuidadosamente a un policía que dormía borracho en el césped de un parque, con los pantalones bajados y encima de una mujer de aproximadamente dos años de edad, y la usé para atracar a un mimo que hacía su espectáculo en pleno centro de Madrid. Los viandantes, entusiasmados, pensaron que formaba parte del espectáculo, y aplaudieron con ganas cuando disparé a la rodilla del cerdo y  salí huyendo con sus monedas de mierda tintineando en los bolsillos.

Después, en una callejuela, entré en un autoservicio regentado por gente extrañísima, de color amarillento, ojos como ranuras y habla deficiente, y les birlé unos cuantos sandwiches envasados que tenían en una de las neveras. Salí con ellos bajo el brazo y entonces reparé: no habían intentado detenerme. Defraudado, volví a entrar en el local y pregunté si tenían hijos. Me dijeron que sí, un niño. Les pedí permiso para conocerlo, a lo que accedieron encantados. El varón de esta extraña pareja salió de detrás del mostrador, caminó hasta la mitad del pasillo y una vez ahí se agachó y levantó una de las baldosas del suelo, descubriendo un escondrijo secreto donde apenas podría caber un mono pequeño. Pues bien, ahí estaba el niño, desnudo y bañado en orines, cubierto de plumas de gallina. Esa visión fue más de lo que pude soportar. Fuera de mí, cogí a la criatura por los pelos, lo levanté por encima de mi cabeza y estrellé su cuerpo repetidas veces contra el suelo, hasta que noté que su cuerpo dejaba de oponer resistencia rígida a los golpes, y entonces lo comprendí: no le quedaba ni un hueso sin romper. Después de eso, estreché la mano del padre calurosamente y prometí que volvería, esta vez a comprar, cuando tuviera dinero. El padre me despidió con una sonrisa al llegar a la puerta. Miré a la mujer. Me lanzó un beso. Me marché.

Encontré una pensión bastante agradable en el centro de la ciudad. En un principio, el dueño se negó a alquilarme una habitación. Esta pensión es sólo para putas, me dijo. Le hice saber que, si bien yo no era puta, era descendiente directo de una, lo cual pareció garantía suficiente a ojos del buen hombre, y me permitió así quedarme en su agujero inmundo. Me entregó las llaves y me guió hasta mi habitación. Abrió la puerta y lo primero que me encontré fue un cadáver semidescompuesto tirado en el suelo, junto a la cama. Pregunté, extrañado, por qué diablos ese cadáver no estaba desnudo. Lleva veinte días así, fue su última voluntad, me dijo. Yo dije que eso estaba muy bien, pero que no había que olvidar el sacramento de la profanación: todo cadáver debe ser despojado de la poca dignidad que le pueda quedar. El hombre, que era del todo razonable, comprendió lo que quería decir: entre los dos desnudamos al muerto y, una vez desnudo, nos masturbamos sobre él, cubriendo su calavera putrefacta con nuestro semen. Lámelo, le dije una vez que recuperé el aliento. ¿Qué?, contestó. Le maté de un rodillazo en la nariz. Estaba harto de tener que explicar cada detallito insignificante a la gente.

Me quedé solo con los dos muertos. Ya tenía una casa, algo de dinero, un arma de fuego y dos seres inertes a los que follarme cuando quisiera. Pero me faltaba algo. Algo que se me escapaba, pero que era del todo indispensable para acabar de integrarme en este nuevo mundo de oportunidades. Y de repente lo vi: la estética. Desconocía por completo qué look estaba de moda en esa ciudad y en ese momento. Angustiado por la idea de quedarme fuera de la sociedad, tuve una revelación. Descolgué las cortinas de la ventana, las extendí en el suelo, me desnudé y me tumbé sobre ellas. Rodé de un lado a otro, quedando cubierto por una especie de túnica. Me miré en el espejo: mi pene desproporcionadamente grande saludaba entre los pliegues de la tela. Eso me hizo gracia, tanta y tan intensa que acabé perdiendo la consciencia. Me desperté al día siguiente. Ya estaba listo. Cubierto en mi túnica sudada, bajé a la calle.

Antes de salir, eso sí, me acuclillé y cagué un poco en los mismos escalones de la salida. Mientras apretaba con deleite, pensaba en el niño de la tienda.

Creo que en ese momento me di cuenta de que estaba enamorado.

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